
Empecé como pasatiempo y luego se convirtió en mi trabajo. Lo que me mantiene aquí no es la gramática: es que me gusta hablar con la gente, escucharla y entender de dónde viene.
Una hora de clase no es solo una hora de lengua. Es un intercambio personal, profesional y cultural, y en él crecemos los dos: al final yo también he aprendido algo, y no lo digo por cortesía.
Por eso en clase hablo poco y te dejo hablar a ti. La gramática llega cuando hace falta, y cuando hace falta la hacemos bien; pero el tiempo se va en tu vida y tu mundo, porque de eso querrás hablar en italiano con la gente que te rodea, no de preposiciones.
Trabajo sobre todo con adultos: gente que se muda a Italia, gente que prepara el certificado B1 para la ciudadanía, gente que lo necesita para el trabajo y gente que simplemente disfruta.
Alrededor de las clases he construido tres cosas, cada una a partir de un problema concreto. La app Ti, porque entre una clase y la siguiente pasan siete días y una lengua no espera. Veinticinco lecturas graduadas, porque mis estudiantes se quedaban en la página tres de una novela real. Un test de nivel gratuito, porque casi nadie acierta su propio nivel y casi todos construyen su plan de estudio sobre esa suposición.